Vida y condena a muerte de Julio Rebosio, primer objetor de conciencia en Chile

Inmediatamente promulgada la Ley de Servicio Militar Obligatorio (septiembre 1900), comienza entre los estudiantes y obreros una reacción a tal medida a través de movilizaciones callejeras y artículos periodísticos de la prensa obrera. Las sociedades de resistencia, los centros sociales de obreros, algunas sociedades de socorros mutuos y las mancomunales de trabajadores fueron los sitios desde donde se activó la lucha antimilitarista. En las jornadas del 22 y 23 de octubre de 1905, veinte mil personas desfilaron por las calles de Santiago, convocados por las agrupaciones laborales, que desembocaron posteriormente en violentos disturbios entre la policía y los manifestantes, dejando más de un centenar de muertos. La supresión de la conscripción obligatoria estaba entre uno de los petitorios exigidos por los manifestantes. En 1906, varios sindicatos de resistencia iniciaron acciones de repudio contra el servicio militar en varias ciudades de Chile. Durante las celebraciones del Centenario (1910), numerosos trabajadores fueron arrestados y procesados cuando representaban, por medio de una pancarta, ante los invitados extranjeros: “A los tres piratas del Estado: gobierno, capitalismo y militarismo obligatorio”.

En 1914 y durante 24 meses, José Santos González Vera, futuro Premio Nacional de Literatura, realiza conferencias en diversos centros culturales y obreros, llamando a acoger los postulados tolstoyanos de desobediencia civil al servicio militar obligatorio. “Demos la guerra a los guerreros” era el lema predilecto del escritor.

En lo que esa campaña antimilitarista se refiere, la prensa obrera desempeña un rol preponderante. Desde sus inicios, es depositaria de concepciones sociales, rupturistas y rebeldes, lo que permitió por intermedio de la crítica social, el necesario rejuvenecimiento sociocultural de la anquilosada sociedad oligárquica de aquellos años.

A raíz de esta oposición, el gobierno de Juan Luis Sanfuentes, a pedido de las Fuerzas Armadas, procede de forma policial a desactivar todas las agrupaciones antimilitaristas. Como resultado, el gobierno se querella en 1917 contra un tipógrafo y editor de varios medios de prensa anarquistas: Julio Rebosio Barrera, bajo el cargo de “propaganda antipatriótica y subversión del orden público”. Luego de un breve sumario, es sentenciado a servir un año como soldado del Regimiento de Granaderos en Iquique, bajo la acusación de ser remiso.

Rebosio, que había nacido en Lima en 1896, provenía de una familia acomodada. De padre italiano y madre peruana, habían llegado hacia 1900 a Iquique, donde instalaron una tienda de zapatos en pleno centro de la ciudad. Rebosio se negó a inscribirse en los registros militares, por rechazar el sistema militar: cuando niño, había presenciado la sangrienta represión militar contra los obreros pampinos y sus familias, en la masacre de la Escuela Santa María.

Apenas llegado al regimiento a cumplir el castigo, Rebosio debe ser internado en la enfermería, al ser violentamente tratado por los instructores. Desde allí se fuga a los 25 días de haber llegado al regimiento. Huye hacia Perú, llegando hasta México, donde por sus ideas anarquistas es condenado a muerte, para ser posteriormente amnistiado. En 1918 regresó a Chile, radicándose en Santiago, donde fue editor del periódico anarcosindicalista Verba Roja, donde dedicó sus letras en contra del servicio militar. Mientras organizaba la asamblea del Congreso Obrero Pro Paz Sudamericana, es detenido el 10 de diciembre de 1918 bajo el cargo de ser “sirviente del Perú”, siendo puesto a disposición del juez Franklin de la Barra. El magistrado se declara incompetente y Rebosio pasa a manos del Comandante General de Armas, general José María Bari, el cual es acusado de remiso y llevado al Regimiento Tacna, donde dispuso que fuera encerrado en un calabozo de paredes de hierro, situado en el hueco de una escalera, y que no tenía más de 1 metro cuadrado de superficie y casi 2 metros de alto, en un ambiente de absoluta oscuridad. Además, Rebosio fue engrillado y esposado.

Edificio del Regimiento Tacna

Luego de saberse su detención, círculos obreros solicitaron la intervención del abogado Carlos Vicuña Fuentes, el cual comienza a presionar al general Bari para que le permita ver a su defendido. En vista de las reiteradas negativas, Vicuña Fuentes logra llevar al ministro de Guerra, Enrique Bermúdez, al Regimiento Tacna para que observara directamente la situación. “El ministro se dio a conocer y preguntó por Rebosio. El oficial ordenó abrir el calabozo y el ministro vio con sus ojos y yo con los míos el espectáculo horripilante: en una posición de momia, con grillos, esposas y cadenas, estaba un hombre moreno, pálido y desfigurado. La vigilia y el ayuno lo habían envejecido. Los ojos sanguinolentos figuraban de odio. Su cabellera, negra y enmarañada, larga como la de un poeta, prestaba a su rostro un aspecto salvaje”. El ministro, profundamente conmovido instruye al oficial encargado el levantamiento inmediato del régimen de incomunicación. Esta medida militar produce una virulenta queja del general Bari, quien incrimina al ministro ante el Presidente Sanfuentes, por “injerencia interna en unidades militares”. El presidente aceptó la reclamación militar y Rebosio vuelve a prisión, el cual se prolonga durante ocho meses. Enterados de este hecho, se multiplicaron las acciones y solicitudes de libertad entre trabajadores y estudiantes. “Aunemos nuestros esfuerzos, camaradas, en esta hora de prueba para salvar de las garras de la bestia militar a nuestro camarada. Alcemos nuestras voces viriles y enérgicas contra estas hordas uniformadas e impongamos por la fuerza si es preciso, la razón y la justicia, como único atributo inalienable a todos los humanos” dice el periódico Verba Roja (enero 1919).

Durante todo 1919, diversos grupos y asociaciones obreras, encabezadas por Carlos Vicuña Fuentes y grupos anarquistas, utilizan variados métodos de no violencia activa para protestar por la reclusión y aislamiento brutal de Rebosio: publicaciones, mitines callejeros, recursos legales, desfiles semanales ante el Congreso, Ministerio de Guerra y el palacio de gobierno. Inesperadamente, el 8 de octubre de 1919, Rebosio es trasladado a Iquique, donde se abre un Consejo de Guerra bajo el delito de “deserción”.

Durante el viaje de Santiago a Iquique, nuevos apremios físicos padece el tipógrafo cuando, al negarse a entonar el himno nacional frente al capitán del barco, lo cuelgan de los pies por un día. Ya en Iquique, es nuevamente incomunicado por parte de las autoridades del Regimiento de Granaderos. Durante el Consejo de Guerra, realizado a mediados de diciembre y donde es condenado a muerte, Julio Rebosio declaró ante sus jueces: “No quiero piedad, es la pena que me deben aplicar: estamos aquí frente a frente un hombre del futuro y los magistrados del pasado. El espíritu troglodita quiere ahogar el porvenir. La ordenanza militar me condena a muerte. Es un código español y bárbaro dictado por Carlos V. La burguesía moderna no encuentra mejor instrumento para acallar la conciencia que estas reliquias de la edad oscura. Por eso el honorable Consejo de Guerra va a mantener a Julio Rebosio golpeándolo con los huesos de Carlos V“.

Cuando un amigo le sugirió apelar al indulto presidencial, replicó: “No deseo indulto. Yo quiero mi libertad y mi vida como un derecho, jamás como una limosna”.

En las semanas siguientes, la Corte Suprema decretaba la anulación del fallo, debido a la amnistía decretadas por el Gobierno a los infractores de la ley de reclutamiento. Sin embargo, a Rebosio aún se le podía procesar como editor de Verba Roja.

En la segunda semana de enero de 1920, nuevamente engrillado, es devuelto a Santiago, donde es sobreseído por el caso Verba Roja, siendo liberado el 7 de febrero, luego de un año y tres meses de encierro. Libre, pero afectado por la tuberculosis contraída durante su prisión, Rebosio pasó a ser una especie de héroe romántico y popular, admirado por sus amigos y enemigos. Fiestas en su honor y colectas se organizaron para su subsistencia.

Participaba en innumerables actos antimilitaristas, donde apenas podía mantenerse en pie. Pese a sus continuos problemas físicos y mentales, logra escribir su Testamento, que le cuesta una nueva querella del gobierno (marzo 1920). Tuvo que pasar nuevamente una estadía en la cárcel, pero fue breve.

El 26 de abril de 1920, un hombre tísico se apersona a la casa de su enamorada portando un bello ramo de violetas, con una tarjeta, que deja para ella. El hombre, cuyo nombre era Julio Rebosio y que tiene 24 años, se va caminando unos pasos e inesperadamente saca un revólver con el cual se quita la vida, en plena vía pública. Más tarde se sabría que el texto del mensaje póstumo para su novia decía: “¡Eres libre! quise construir contigo un mundo común, pero el Estado y sus instituciones no nos dejaron. Sólo recuérdame. Te amo. Julio”.

Fuente. Óscar Ortiz, Crónica anarquista de la subversión olvidada. Ediciones Espíritu Libertario 2002 (adaptación)

Historias del Barri-2020

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